Siempre tuve el corazón entre las piernas y muchas ganas de besar.

Me enamoré y comprendí la excusa que usé mil veces sin entender ni de lo primero ni de lo segundo: amor al arte; lo suyo era exposición, galería y un millón de puntos de vista.


-¡Decidle que no pare nunca, que me está haciendo muchísimo daño! -Gritaron mis labios la medianoche del cincuenta y dos de marzo- Que no se vaya, que no se vaya, ¡por el amor de Dios, me está hurgando demasiado dentro! ¡Me está dando en el corazón, me ha alcanzado el centro de las ganas! ¡Decidle rápido que la respuesta es mil novecientos noventa y tú! -Oí un gran suspiro y era yo enteramente de polvo, de ilusión azul y gris; sonaron campanas y un millón de cuervos nos esperaron en la ventana: mis gritos habían espantado al amor y al mismo tiempo le habían dado la mejor invitación. -¡No! ¡Que no cierre los labios, impedídselo! ¡No puede cerrarlos, aún no he entrado, aún no he querido salir! -Debí encoger y girar sobre mí misma porque al segundo asalto llegué de espaldas y con las manos vendadas, con los ojos bien abiertos y las piernas doloridas- Me ha trenzado el pelo con las mismas manos con las que me ha tocado la sangre, ¡han crecido flores!, ¿no las han visto? ¡Oh, maldito olor a nieve! ¿Es que nadie más lo siente pegarse a la piel? -Fui la única en taparme los oídos con mis pétalos, con mis mechones sueltos por el viento de su lengua; la luna comenzó a menguar al mismo ritmo que mis rodillas, ya ni sus dedos podían sujetarme y sentirme en paz. -Miren, yo no sé explicarlo desde tan cerca y no pienso explicarlo si se aleja, ¡ay! ¡Que no se aleje, que no se aleje! O no lo explicaré en la vida, porque hasta eso se me irá con él. -Tiré con todas mis fuerzas de las pestañas y bajaron todas las cortinas al suelo; dimos vueltas de reloj entre ellas. Bailamos mientras introducía la llave en la cajita roja llena de postales, sacaba una foto nuestra y le colocaba un sello justo en el centro: hoy podremos enviarnos al infierno y vernos arder desde tan cerca que podamos sudar todo lo que no lloraremos nunca, dijo. -¡Le quiero, le quiero bien! No permitan que se vaya, está llenando todo de lodo, amor y primavera, ¡debe acabar, y acabará con mis manos! Tengo ganas de besar, ¡lo juro!, siempre tuve el corazón entre las piernas y muchísimas ganas de besar, ¡él no es por la emoción del momento! ¡Él es porque yo quiero! -Esa vez fui yo quien tiró la toalla todo lo lejos que pudo para que él la recogiese y la pusiese entre mis muslos; por aquel tiempo yo sólo pensaba en sus labios, y ninguna canción pudo salvarme de aquello.

9 comentarios :

  1. ¡hola, sireria! me encanta que actualices, y además consigues un efecto adictivo, porque me gusta leer tus entradas varias veces. ¡y las fotos que acompañan este texto son preciosas! ¿eres tú? ¡menuda belleza pelirroja!
    el corazón entre las piernas, ¿por qué siempre terminamos con el amor y las ganas en el mismo sitio? tu entrada es una bella catarsis.
    un beso.

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  2. Es imposible no enamorarse de tus palabras y más de las fotos que la acompañan.
    Un placer leerte.

    ¡Un beso!

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  3. Y tú hablas de palabras... regálalas así, úsalas todas de esa forma, dibujando lo grande de lo humano en líneas que se suceden. Como aquí, pensamienntos que se escriben sobre amor, el mejor deseo, la supremacía incontestable que supone ser mujer por el poder tenéis sobre la vida.
    Y tú hablas de palabras...
    Un abrazo.
    Un placer leerte.
    Grande.

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  4. Todo lo que nos da en el corazón, nos da entre las piernas. Y una vez ahí es difícil dejarlo ir.
    Increíble. Cada día mejor, Sireia.
    Un sueño muy fuerte.

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  5. Aún no sé cómo acabé aquí, pero joder, bendito el momento. Menudo talento. Has conseguido hacerte un hueco en mí, y vaya, también ponerme la piel de gallina. Y no es fácil, pero ha sido brutal la forma en que has escrito tantos sentimientos. Un poco salvaje, un poco amarga. Sobre todo el final, como una canción.
    Besitos.

    Miss Carrousel

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